“En América Latina las nacionalidades surgen más bien como
fragmentos de un todo mayor y a partir de procesos con fuerte influencia
exterior, antes que como decisiones libres y autónomas de estados soberanos que
van concentrando poder, como lo fue en el caso europeo. Somos hijos de la
fragmentación y de la pobreza, antes que de la concentración y de la riqueza. De
aquí que la integración social y regional, así como el desarrollo económico
hayan sido el ideal inicial de casi todos los programas políticos
latinoamericanos y que ambos, como valores deseables, sigan latiendo hasta el presente.”
– Mario Casalla (Libro: América Latina en perspectiva. Dramas de pasado,
huellas del presente [2003])
Las nacionalidades americanas nacieron con una gran debilidad política heredada - y agravada - a su vez de la debilidad estructural y económica del imperio español que ya ni siquiera podía retenernos.
El ingreso a nuestra etapa nacional tampoco coincidió con
nuestro florecimiento capitalista de nuestras economías regionales y
nacionales si no, muy por el contrario, con la incorporación de nuestras
acciones económicas en el desarrollo capitalista europeo, que sí se encontraba
en plena expansión. Es decir, nuestras emergentes nacionalidades
latinoamericanas fueron más el fruto de la pobreza, que del desarrollo autónomo
de sus potencialidades económicas.
Es triste confirmar que aún seguimos inmersos en nuestra dependencia
estructural de origen, y que aún seguimos teniendo fallidos intentos de
liberación. Latinoamérica sigue en el medio de las dos caras de la moneda: de
un lado está la incipiente y prometida libertad, y del otro la vieja dominación
colonial (y “segura”). Cambian los nombres y los protagonistas, pero este bi-frontalismo
irresuelto existe y sigue exigiendo una decisión.
Somos países independientes, pero a su vez seguimos bajo
órdenes políticas, económicas y culturales del resto del mundo; no estamos
exentos a los vaivenes de las situaciones externas. A casi dos siglos de
nuestras respectivas proclamaciones formales de independencia, la conformación
real de una nacionalidad independiente sigue siendo más una utopía que una
realidad consolidada en la mayoría de nuestros países latinoamericanos.
Hay Estado y hay sociedades, al igual que hay cultura, pero
seguimos anhelando ese Estado nacional que tenga un sentido real y
pleno y que nuestras sociedades gocen de una razonable dosis de libertad y
capacidad de decisión soberana en todos los aspectos.
Estamos actualmente en la era de la globalización, que esto
no nos haga creer que la tarea nacional ya no es necesaria, por el contrario, una
era auténticamente global requerirá más y no menos capacidad de decisión
nacional para poder participar en ella creativamente, mayor esfuerzo y
mayor involucración de parte de todas las sociedades unidas.
“La unidad de América Latina ha sido y sigue siendo un
proyecto del equipo intelectual propio, reconocida por un consenso internacional.
Está fundada en persuasivas razones y cuenta a su favor con reales y poderosas
fuerzas unificadoras. La mayoría de ellas radica en el pasado, habiendo modelado
hondamente la vida de los pueblos: van desde una historia común a una común
lengua y similares modelos de comportamiento. Las otras son contemporáneas y
compensan su minoridad con una alta potencialidad: responden a las pulsiones económicas
y políticas universales que acarrean la expansión de las civilizaciones
dominantes del planeta.
Por debajo de esa unidad, real en cuanto proyecto, real en
cuanto a bases de sustentación, se despliega una interior diversidad qué es
definición más precisa del continente. Unidad y diversidad ha sido una fórmula
preferida por los analistas de muchas disciplinas.” – Ángel Rama (Libro: Transculturación
narrativa en América Latina [1982])
América Latina es un continente aún prematuro que, a través
del juego de la historia de los procesos de colonización, y sus manifestaciones
nefastas, se ha presentado como máxima perdedora. Latinoamérica es aún un
territorio saqueado, una región servil a necesidades ajenas, una “inagotable”
fuente de recursos que no son propios de sus habitantes. Pero es allí, en sus
habitantes, en su pueblo, donde existe el mayor poder latente.
Es mero asunto de nosotros mismos despertar y abrir los ojos
a la realidad. Toda Latinoamérica unida podría, si quisiera, pegar el grito más
fuerte de la historia contra el sistema dominante. Si la utopía de la unión se
volviese realidad, y cada Nación dirigiera sus ojos al progreso propio y de sus
aliados, fácilmente podríamos comenzar a marcar una gran diferencia en el
futuro. Comenzamos como Naciones débiles, que seguían como adoctrinadas el
rumbo de Naciones mucho más desarrollas. Queriendo imitarlas, queriendo correr
antes que gatear. Si aún así, sumergidos en la pobreza y la miseria de regímenes
nefastos, escalamos lentamente hasta donde estamos hoy, aún podemos lograr
mucho más.
Bibliografía Consultada:
Journals. https://journals.openedition.org/polis/4122
Sadop. http://www.sadop.net/article/showBlogArticle/contId/3072
Libro. América Latina en perspectiva. Dramas de pasado,
huellas del presente - Mario Casalla
Libro. Transculturación narrativa en América Latina - Ángel Rama
Libro. Las venas abiertas de América Latina – Eduardo Galeano
Libro. Latinoamérica: las ciudades y las ideas – José Luis
Romero

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